A los científicos nos vuelven locos los libros; esto es un hecho probado. Solo hace falta visitar la casa, el despacho, la consulta o el laboratorio de cualquiera de ellos para ver que siempre hay un rincón, una mesa, o una estantería donde se apilan, más o menos ordenados, un montón de libros. A veces hay uno, o unos cuantos, abiertos de par en par. Hay científicos a los que les encanta subrayarlos o marcarlos doblando las esquinas de las páginas, y a otros les horroriza la idea y los conservan como si estuvieran nuevos.
Sin embargo, el mundo editorial científico está lleno de profetas que auguran un futuro incierto, no solo al libro impreso, sino al libro en general. Los argumentos son variados: la irrupción de los formatos digitales, la preferencia de los millenial por consultar la información en formatos digitales, la rápida obsolescencia de los contenidos, los precios a la baja que van en detrimento de la rentabilidad, etc.
En cualquier caso, hay grandes editoriales clásicas que siguen publicando obras (algunas de las cuales llevan más de 30 ediciones). Algunas de ellas disminuyen o cesan su producción. Otras se pasan al formato digital. Unas crecen, otras decrecen, otras desaparecen, se fusionan, vuelven a aparecer. Y de forma paralela, surgen editoriales independientes que publican libros científicos que tienen éxito, ya sea en formato impreso o digital.
¿Qué está pasando? Pues que llevamos viviendo una revolución en el sistema casi desde que apareció internet. Porque personalmente, llevo escuchando esta cantinela en los foros editoriales desde hace más de 15 años. De repente hay una ola de pánico que dice que el libro va a desaparecer, pero después se publican las estadísticas globales o nacionales, y resulta que sí se publican y sí se consumen libros científicos. Menos que hace 20 o 30 años, sí… pero es que ahora tenemos alternativas digitales. Es lógico. ¿Va a desaparecer el libro científico definitivamente? Yo tengo mis dudas.
Los informes de los servicios de administración de WorldShare (WMS) de OCLC desvelaron en 2017 que el 96% de los libros adquiridos por las bibliotecas fue en formato impreso.
Si el libro científico quiere sobrevivir, tiene que hacerles frente a sus primos digitales que ofrecen contenidos aparentemente más «atractivos». Pero, ¿son más atractivos un vídeo, una conferencia grabada, contenidos en realidad aumentada o realidad virtual…? Los libros también pueden incorporar estos elementos. Y se pueden consultar cuando el usuario quiera, solo se modifica el soporte, y hace ya muchos años que los libros incorporaron materiales adicionales en formatos digitales (quién ha olvidado aquellos CD-ROM que venían pegados en la cubierta trasera, o los códigos rascables para acceder a los contenidos adicionales alojados en una página web).
No es el formato, no es el soporte: ¡son los contenidos! Quien quiere leer contenidos de calidad lo seguirá haciendo, y seguro que recurrirá al libro si este le ofrece lo que busca. Si las editoriales dejan de hacer estudios de mercado para conocer qué necesitan sus lectores, estarán incurriendo en un error muy grave. La clave sigue estando en seguir los avances científicos, en saber qué se está publicando en las revistas, en hablar con los investigadores y los potenciales autores, en acudir a sus conferencias en los congresos y, sobre todo, en estar en contacto constante con los lectores, que son los que demandan contenidos. Y siempre, por supuesto, ofrecer textos de calidad, fáciles de leer, comprensibles, con sentido, bien escritos, bien editados, bien maquetados, y huir de las prisas y los procedimientos mecanizados, rápidos y deshumanizados que solo terminan produciendo libros de mala calidad que nadie quiere leer.
El libro científico tiene muchos años de vida por delante, vamos a hacer lo posible para que siga entre nosotros con salud.


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